En estos últimos años he recorrido un camino que me llevó, paso a paso, hacia una forma de autonomía que antes no tenía. Descubrí que podía vivir sin pedir permiso, sin depender emocionalmente de la aprobación ajena, y que esa libertad interior me permitió crecer, afirmarme y sentirme más seguro de mí mismo.
Una parte esencial de ese proceso fue mi experiencia viviendo solo en El Refugio, aquella casa en el monte donde pasé tres años completos y donde conocí a mi tercera mujer. Ese tiempo me dio autosuficiencia, silencio, contacto directo con la naturaleza y la oportunidad de vincularme con personas que compartían intereses similares. Allí aprendí a sostenerme, a organizarme y a escucharme.
La filosofía del minimalismo y la vida en el campo me enseñaron a valorar la simplicidad y la austeridad. Esos principios siguen presentes en mi vida actual y se expresan, sobre todo, en mi espacio personal: mi departamento, diseñado con un enfoque minimalista y que considero mi templo sagrado civil. Ese lugar es una fuente profunda de bienestar y realización; representa, aproximadamente, la mitad de mi equilibrio emocional, junto con mis ocupaciones y mis vínculos afectivos.
Hoy entiendo que mi bienestar depende de un equilibrio entre todos esos elementos: mi autonomía, mis espacios, mis relaciones y mi forma de habitar la vida. Ese balance es lo que sostiene mi sensación de realización y mi camino hacia una vida más consciente y más propia.
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