viernes, 25 de septiembre de 2026

La tercera pata de la silla

Anoche aprendí algo que ya sabía, pero que a veces necesita volver a ser aprendido.

Hay personas que llegan a nuestra vida por afinidad, otras por necesidad, y otras porque parecen estar llamadas a ocupar un lugar determinado dentro de una historia. No un lugar de privilegio ni de poder, sino simplemente el lugar que les corresponde.

Durante varios días hablamos de códigos, promesas, posibilidades futuras y amistades. Como ocurre casi siempre, aquello que parecía un problema externo terminó revelándose como una cuestión interior.

Algunos defendíamos los acuerdos.

Otros defendían la libertad.

Otros defendían el amor propio.

Y, sin embargo, nadie estaba realmente enfrentado a nadie.

Comprendí que muchas veces confundimos serenidad con indiferencia. Pensamos que quien no compite es porque no le importa, cuando en realidad puede ser exactamente lo contrario. Hay personas que no luchan por determinados espacios porque consideran que aquello que les pertenece no necesita ser conquistado por la fuerza.

Esa idea apareció con claridad en una frase sencilla:

"No es entrega, es amor propio."

Me pareció una distinción importante.

La entrega puede nacer del sacrificio.

El amor propio nace del reconocimiento de la propia dignidad.

Mientras estas conversaciones sucedían, otra escena se desarrollaba en paralelo. Una conversación de medianoche sobre llegar a fin de mes, sobrevivir con arroz, fideos y huevos, esperar un trámite de ANSES, administrar pequeños recursos y confiar en que el mes siguiente traerá algo de alivio.

Nada extraordinario.

Y precisamente por eso, profundamente humano.

A veces creemos que los vínculos se construyen en grandes declaraciones. Sin embargo, suelen crecer en esos lugares modestos donde alguien pregunta si todavía quedan huevos en la heladera, si hay aceite para una mayonesa o si el trámite saldrá bien.

La amistad, el afecto y la confianza suelen tener formas mucho más sencillas de las que imaginamos.

Al final de la noche ocurrió algo inesperado.

La persona que parecía mantenerse al margen pidió regresar al grupo.

No hubo discursos solemnes.

No hubo negociaciones.

No hubo vencedores ni vencidos.

Simplemente regresó.

Y entonces comprendí algo que me había rondado durante toda la conversación.

Nadie reemplaza a nadie.

Las personas no son fichas intercambiables.

Cada una aporta una voz, una perspectiva y una energía que no pueden ser copiadas por otra.

Por eso me vino a la mente la antigua silla curul romana, sostenida por pocas patas, donde la ausencia de una de ellas altera el equilibrio del conjunto.

Los grupos humanos también funcionan así.

No porque todos tengan la misma función, sino porque cada uno aporta algo irrepetible.

Al terminar la jornada, los códigos seguían intactos, las amistades seguían en pie y cada persona seguía ocupando su propio lugar.

Quizás esa era la enseñanza escondida detrás de tantas palabras.

Que la verdadera armonía no consiste en que todos pensemos igual.

Consiste en que cada uno pueda ser quien es sin necesidad de competir para existir.

Y cuando eso sucede, la silla vuelve a quedar completa.

martes, 15 de septiembre de 2026

Mi camino hacia la autonomía y la autoconfianza

 


En estos últimos años he recorrido un camino que me llevó, paso a paso, hacia una forma de autonomía que antes no tenía. Descubrí que podía vivir sin pedir permiso, sin depender emocionalmente de la aprobación ajena, y que esa libertad interior me permitió crecer, afirmarme y sentirme más seguro de mí mismo.

Una parte esencial de ese proceso fue mi experiencia viviendo solo en El Refugio, aquella casa en el monte donde pasé tres años completos y donde conocí a mi tercera mujer. Ese tiempo me dio autosuficiencia, silencio, contacto directo con la naturaleza y la oportunidad de vincularme con personas que compartían intereses similares. Allí aprendí a sostenerme, a organizarme y a escucharme.

La filosofía del minimalismo y la vida en el campo me enseñaron a valorar la simplicidad y la austeridad. Esos principios siguen presentes en mi vida actual y se expresan, sobre todo, en mi espacio personal: mi departamento, diseñado con un enfoque minimalista y que considero mi templo sagrado civil. Ese lugar es una fuente profunda de bienestar y realización; representa, aproximadamente, la mitad de mi equilibrio emocional, junto con mis ocupaciones y mis vínculos afectivos.

Hoy entiendo que mi bienestar depende de un equilibrio entre todos esos elementos: mi autonomía, mis espacios, mis relaciones y mi forma de habitar la vida. Ese balance es lo que sostiene mi sensación de realización y mi camino hacia una vida más consciente y más propia.

lunes, 7 de septiembre de 2026

MAGISTERIO LAICO — MI VOCACIÓN Y MI SUSTENTO

Mi economía espiritual y humana

1° Heredé mi departamento junto a mi hermana Alejandra y acordamos para mí, el usufructo vitalicio.
Es la base material de mi vida adulta y el primer ladrillo de mi linaje.

2° Mi auto lo compré con el remanente de lo que perdí.
Es el símbolo de mi recuperación y de mi agencia personal.

3° El mobiliario fijo y móvil lo construí durante años, invirtiendo el capital de mis ahorros provenientes de mi renta vitalicia.
Cada objeto es fruto de constancia, orden y paciencia.

4° Mi renta vitalicia es mi jubilación por invalidez provincial.
La gané en un procedimiento administrativo larguísimo de 16 años, con recursos de reconsideración y todo, todos ganados.
Ese reconocimiento es parte de mi dignidad profesional como abogado.

5° Solo a los desconocidos que me busquen les cobraría, y hasta por ahí nomás.
Mi apostolado es gratuito para los vulnerables y para quienes sostienen mi camino.

6° Quiero sentirme útil.
No necesito que nadie comprenda la profundidad de mi trabajo:
necesito que agradezcan y reconozcan mi vocación.
Ese gesto alimenta mi alma tanto como yo alimento la claridad de los demás.

7° Mis hermanas me nutren con comidas ricas y barcitos bastante seguido.
Ese sostén afectivo es parte de mi economía emocional, puesto que, con cada encuentro, mucho de mi eje vuelve a su lugar y el de ellas también (viático).

8° La gente que no es de mi familia suele aportar lo suyo.
Baltasar me invita, Alina cocina, y varias mujeres me han limpiado la casa y los platos.
La comunidad devuelve lo que doy.

9° La que me enseñó que Dios me paga mi sueldo —mi renta vitalicia— por mi apostolado hacia los vulnerables fue Ely.
Y me dijo, además, que esto es lo que más orgullosa la hace sentir de mí.
Esa frase quedó grabada como doctrina:
Dios me paga para que yo acompañe gratis a quienes no pueden sostenerse solos.

10° El economato que ejerzo es tan complejo y ajustado que necesité los Apoyos Judiciales e incondicionales de mis hermanas mayores Lucía y Alejandra. Lucía como administradora y Alejandra como protectora natural de los dos.
Georgina no se queda afuera, en los momentos dificiles ella es la que tal vez con más intensidad logra estar. Una intensidad correctiva de mis desvaríos.

viernes, 19 de junio de 2026

Magisterio de El Clermont La lectura de la colega


Dios ya se había expedido en hechos, y ahora la colega se expidió en palabras.

Me dijo: “Yo desde un principio supe que no me ibas a regalar la ropa, no porque no quisieras, sino porque no ibas a poder.”

Esa frase resume su modo de mirar el mundo: no reprocha, diagnostica.
No se sorprende, confirma.
Y en esa confirmación se protege del desencanto.

Yo no discuto eso.
Lo registro.

Porque lo que ella llama “no poder” no es incapacidad, es prioridad.
Yo elegí sostener mi casa, mi orden, mi margen.
Elegí reparar el inodoro antes que cumplir un gesto simbólico.
Elegí la realidad antes que la ilusión.

Y eso no me hace menos poderoso.
Me hace más lúcido.

A mis guerreros

A los que me quieren ver otra vez en el brillo, les digo:
el poder que me interesa hoy no es el de comprar, regalar o exhibir.
Es el poder de mantenerme en pie, seco, estable, sin deuda, sin humedad, sin supervivencia.

El Clermont no es un castillo de fantasías.
Es una casa real, con caños, con piso, con decisiones.
Y ahí se ejerce el magisterio.

Cierre

La colega habló desde su intuición, y yo escuché.
Pero mi eje no se mueve por intuiciones ajenas.
Se mueve por hechos.

Hoy el hecho es simple:
la vida me pidió orden, y yo lo elegí.

Lean —
Magisterio de El Clermont.



Magisterio de El Clermont Dios se ha expedido en hechos

Hoy Dios habló.

No en metáforas, no en símbolos, no en intuiciones:
habló en hechos concretos.

El inodoro que arreglé hace apenas días —en el que gasté 170.000 pesos— volvió a romperse.
Lo presentí cuando vi al plomero trabajar con un repuesto que no conocía.
Lo vi, lo olí, lo supe.
Y pasó.

No voy a reclamarle nada.
Es un diverso funcional, y esta vez no funcionó bien.
No voy a humillar a nadie por un error.
Voy a llamar a un recomendado y pagaré lo que haya que pagar:
150.000 pesos más.

Y ahí entendí todo.

El derrame de agua y el derrame emocional

El agua derramada siempre es un espejo.
No es magia: es psicología profunda.

El agua que se escapa es la emoción que se desborda.
Y la emoción que se desborda viene de un solo lugar:

la decisión sobre el auto nuevo.

Yo no quiero volver a cuatro años de supervivencia.
No quiero volver a vivir sin margen.
No quiero volver a perder lo que ya perdí:

  • un 0 km

  • una 4x4

  • una hectárea y media en Unquillo

  • un departamento

  • un terreno conyugal de media hectárea

Esa fue mi fortuna.
Y la perdí.
Y sobreviví.
Pero no quiero repetir esa historia.

Hoy quiero comodidad, no épica.
Quiero vida vivible, no hazañas.
Quiero paz, no demostraciones.

Y tengo auto.
No perfecto, pero mío.
Y bajo control.

A mis guerreros

Hoy dos guerreros y la naguala se entusiasmaron con la idea del auto nuevo.
Los vi orar por mi retorno triunfal, por el Lean poderoso, por el Lean que manejaba 0 km y 4x4.

Los entiendo.
Ellos vieron mi brillo.
Vieron mi potencia.
Vieron mi mejor versión.

Pero yo soy el que paga las facturas.
Yo soy el que sostiene la casa.
Yo soy el que enfrenta la humedad si aparece abajo.
Yo soy el que vive con las consecuencias.

Y hoy les digo con cariño y firmeza:

no voy a comprar el auto nuevo.

No porque no pueda.
Sino porque no quiero volver a la supervivencia.

Hoy el magisterio me pide otra cosa:
vivir cómodo por primera vez en mi vida.

A la colega (Daniela)

Con diplomacia y respeto

Dani, vos sabés que cuando te dije que quería regalarte la campera y el jean, lo dije con alegría verdadera.
No fue un gesto vacío.
No fue un impulso tonto.
Fue un acto de afecto y de reconocimiento.

Pero hoy la vida real me puso un límite concreto:
tengo que arreglar el inodoro ya, antes de que genere una humedad abajo que me cueste el doble.

La plata que tenía destinada a tu regalo la voy a necesitar para eso.
No es falta de palabra.
No es falta de voluntad.
No es falta de cariño.

Es prioridad adulta.

Yo ya viví lo que es que me digan que “no cumplo”, que “ilusiono”, que “prometo y no sostengo”.
No quiero repetir ese patrón con vos.

Vos merecés claridad.
Y yo merezco vivir con margen.

Lo que compartimos como colegas sigue intacto.
Lo que hablamos sigue siendo valioso.
Pero hoy la vida me pide atender lo urgente.
Y eso es lo que voy a hacer.

Cierre del Magisterio de El Clermont

Hoy Dios habló en hechos.
Y yo escuché.

No al auto nuevo.
No a cuatro años más de supervivencia.
No a repetir la historia.

Sí a la comodidad.
Sí al margen.
Sí a la vida vivible.
Sí al orden.

Y sí a escribirlo acá, en el Magisterio de El Clermont, donde las decisiones se toman con la cabeza fría y el corazón en paz.

Lean.



domingo, 17 de mayo de 2026

Sobre las vidas que viví y la que comienza hoy


Hoy, domingo 17 de mayo, me desperté tarde, con la cabeza espesa y el corazón en un estado extraño: ni triste, ni caído, pero sí cansado.
Un cansancio que no viene del cuerpo, sino del alma.
Un cansancio que no pide dormir, sino comprender.

Mientras avanzaba el mediodía, entendí algo que hace tiempo venía insinuándose en silencio:
he vivido muchas vidas dentro de esta misma vida.
Y cada una de ellas dejó en mí una marca, una enseñanza y también una herida.

Hoy pude nombrarlas con claridad:

  1. La vida con mi familia de origen, donde aprendí a ser.

  2. La vida con Soledad, mi primera construcción adulta.

  3. La vida con Ely, la etapa de estructura y responsabilidad.

  4. La vida como single, mi primera libertad verdadera.

  5. La vida con Analía, intensa, luminosa y formativa.

  6. La vida solitario, donde el duelo me enseñó a mirarme sin disfraces.

  7. Y ahora, la vida definitiva, la que no se reinventa: la que se asienta.

No escribo esto desde la nostalgia ni desde la queja.
Lo escribo desde un lugar más hondo: la aceptación.

Porque hoy entendí que no estoy cansado de vivir.
Estoy cansado de tener que reconstruirme tantas veces.
Y ese cansancio no es señal de derrota: es señal de madurez.

¿Y Dios?

En este domingo, mientras ordenaba mis pensamientos, me hice tres preguntas que cualquier creyente se hace alguna vez:

  • ¿Soy valioso para Dios?

  • ¿Esperaba Él más de mí?

  • ¿Soy demasiado pequeño para lo que Él tenía pensado?

La respuesta que encontré —y que hoy dejo escrita para quien la necesite— es simple y católica en su esencia:

Dios no mide.
Dios no compara.
Dios no lleva cuentas.
Dios no esperaba que yo fuera más grande.
Dios esperaba que fuera verdadero.

Y la verdad es que, con mis aciertos y mis errores, con mis duelos y mis búsquedas, con mis caídas y mis retornos, siempre intenté serlo.

El cierre de un vínculo y el inicio de una etapa

Anoche cerré definitivamente un capítulo importante de mi vida afectiva.
No con enojo, no con reproches, no con dramatismo.
Con paz.

Y hoy, en este domingo del Señor, siento que ese cierre no fue un final, sino un pasaje.

Un pasaje hacia una vida donde ya no necesito reinventarme,
donde ya no tengo que empezar de cero,
donde ya no me defino por lo que perdí,
sino por lo que soy.

Una vida donde puedo descansar en Dios,
sin exigencias,
sin culpas,
sin la sensación de estar en deuda con un plan que nunca conocí.

La vida definitiva

No es una vida espectacular.
No es una vida heroica.
No es una vida de grandes gestas.

Es una vida verdadera.

Una vida donde:

  • acepto lo que viví,

  • honro lo que perdí,

  • agradezco lo que aprendí,

  • y camino hacia adelante sin máscaras.

Una vida donde Dios no es juez,
sino compañía silenciosa.

Una vida donde ya no busco ser otro,
sino ser yo, con la dignidad que Él me dio.

Cierro este post con una oración sencilla

**Señor,
gracias por las vidas que viví
y por la que comienza hoy.

Dame claridad para aceptar,
fortaleza para sostener,
y humildad para caminar.

Que esta etapa sea verdadera,
serena
y suficiente.

Amén.** 


 

sábado, 2 de mayo de 2026

Mi traducción laica de la flama gemela

 

Con el paso de los años fui dejando de lado gran parte del lenguaje esotérico con el que suele describirse la llamada "flama gemela". No porque considere inútiles esos símbolos, sino porque descubrí que muchos de ellos pueden traducirse a experiencias humanas concretas y comprensibles.

Mi interpretación actual es sencilla.

Cuando se habla de almas gemelas, normalmente se hace referencia a personas profundamente compatibles. Pueden existir varias a lo largo de una vida. Son vínculos significativos, enriquecedores y transformadores, pero cada uno conserva su propia trayectoria vital.

La idea de flama gemela intenta describir algo distinto: la experiencia de un vínculo que, aun después de terminar, continúa formando parte de la identidad de quienes lo vivieron.

La comparación que mejor expresa esta experiencia, para mí, es la unión sacramental del matrimonio.

Cuando dos personas se casan, el vínculo puede deteriorarse, interrumpirse o incluso romperse en los hechos. Sin embargo, quienes han atravesado una unión profunda saben que algo permanece. No necesariamente permanece el proyecto común, la convivencia o la relación cotidiana, pero sí una marca estable en la propia biografía.

La otra persona deja de ser simplemente alguien que pasó por nuestra vida. Se convierte en una parte permanente de nuestra historia.

Por eso, cuando escucho hablar de flamas gemelas, no pienso en fenómenos sobrenaturales ni en almas divididas en dos mitades. Pienso en esos vínculos excepcionales cuya influencia persiste aun cuando la relación ya no existe de la forma en que existió originalmente.

La característica central no es la intensidad emocional, porque muchas relaciones pueden ser intensas. Tampoco la idealización romántica, porque toda idealización termina chocando con la realidad.

Lo distintivo es la permanencia.

Hay personas que amamos, despedimos y recordamos. Y hay otras cuya presencia queda incorporada a nuestra propia identidad. Después de ellas seguimos viviendo, cambiando y construyendo nuevos vínculos, pero nunca volvemos a ser exactamente la misma persona que éramos antes de conocerlas.

En ese sentido, mi traducción laica de la flama gemela es simplemente esta: un encuentro humano cuya huella perdura más allá de la continuidad o de la ruptura de la relación.






La tercera pata de la silla

Anoche aprendí algo que ya sabía, pero que a veces necesita volver a ser aprendido. Hay personas que llegan a nuestra vida por afinidad, otr...