viernes, 19 de junio de 2026

Magisterio de El Clermont La lectura de la colega


Dios ya se había expedido en hechos, y ahora la colega se expidió en palabras.

Me dijo: “Yo desde un principio supe que no me ibas a regalar la ropa, no porque no quisieras, sino porque no ibas a poder.”

Esa frase resume su modo de mirar el mundo: no reprocha, diagnostica.
No se sorprende, confirma.
Y en esa confirmación se protege del desencanto.

Yo no discuto eso.
Lo registro.

Porque lo que ella llama “no poder” no es incapacidad, es prioridad.
Yo elegí sostener mi casa, mi orden, mi margen.
Elegí reparar el inodoro antes que cumplir un gesto simbólico.
Elegí la realidad antes que la ilusión.

Y eso no me hace menos poderoso.
Me hace más lúcido.

A mis guerreros

A los que me quieren ver otra vez en el brillo, les digo:
el poder que me interesa hoy no es el de comprar, regalar o exhibir.
Es el poder de mantenerme en pie, seco, estable, sin deuda, sin humedad, sin supervivencia.

El Clermont no es un castillo de fantasías.
Es una casa real, con caños, con piso, con decisiones.
Y ahí se ejerce el magisterio.

Cierre

La colega habló desde su intuición, y yo escuché.
Pero mi eje no se mueve por intuiciones ajenas.
Se mueve por hechos.

Hoy el hecho es simple:
la vida me pidió orden, y yo lo elegí.

Lean —
Magisterio de El Clermont.



Magisterio de El Clermont Dios se ha expedido en hechos

Hoy Dios habló.

No en metáforas, no en símbolos, no en intuiciones:
habló en hechos concretos.

El inodoro que arreglé hace apenas días —en el que gasté 170.000 pesos— volvió a romperse.
Lo presentí cuando vi al plomero trabajar con un repuesto que no conocía.
Lo vi, lo olí, lo supe.
Y pasó.

No voy a reclamarle nada.
Es un diverso funcional, y esta vez no funcionó bien.
No voy a humillar a nadie por un error.
Voy a llamar a un recomendado y pagaré lo que haya que pagar:
150.000 pesos más.

Y ahí entendí todo.

El derrame de agua y el derrame emocional

El agua derramada siempre es un espejo.
No es magia: es psicología profunda.

El agua que se escapa es la emoción que se desborda.
Y la emoción que se desborda viene de un solo lugar:

la decisión sobre el auto nuevo.

Yo no quiero volver a cuatro años de supervivencia.
No quiero volver a vivir sin margen.
No quiero volver a perder lo que ya perdí:

  • un 0 km

  • una 4x4

  • una hectárea y media en Unquillo

  • un departamento

  • un terreno conyugal de media hectárea

Esa fue mi fortuna.
Y la perdí.
Y sobreviví.
Pero no quiero repetir esa historia.

Hoy quiero comodidad, no épica.
Quiero vida vivible, no hazañas.
Quiero paz, no demostraciones.

Y tengo auto.
No perfecto, pero mío.
Y bajo control.

A mis guerreros

Hoy dos guerreros y la naguala se entusiasmaron con la idea del auto nuevo.
Los vi orar por mi retorno triunfal, por el Lean poderoso, por el Lean que manejaba 0 km y 4x4.

Los entiendo.
Ellos vieron mi brillo.
Vieron mi potencia.
Vieron mi mejor versión.

Pero yo soy el que paga las facturas.
Yo soy el que sostiene la casa.
Yo soy el que enfrenta la humedad si aparece abajo.
Yo soy el que vive con las consecuencias.

Y hoy les digo con cariño y firmeza:

no voy a comprar el auto nuevo.

No porque no pueda.
Sino porque no quiero volver a la supervivencia.

Hoy el magisterio me pide otra cosa:
vivir cómodo por primera vez en mi vida.

A la colega (Daniela)

Con diplomacia y respeto

Dani, vos sabés que cuando te dije que quería regalarte la campera y el jean, lo dije con alegría verdadera.
No fue un gesto vacío.
No fue un impulso tonto.
Fue un acto de afecto y de reconocimiento.

Pero hoy la vida real me puso un límite concreto:
tengo que arreglar el inodoro ya, antes de que genere una humedad abajo que me cueste el doble.

La plata que tenía destinada a tu regalo la voy a necesitar para eso.
No es falta de palabra.
No es falta de voluntad.
No es falta de cariño.

Es prioridad adulta.

Yo ya viví lo que es que me digan que “no cumplo”, que “ilusiono”, que “prometo y no sostengo”.
No quiero repetir ese patrón con vos.

Vos merecés claridad.
Y yo merezco vivir con margen.

Lo que compartimos como colegas sigue intacto.
Lo que hablamos sigue siendo valioso.
Pero hoy la vida me pide atender lo urgente.
Y eso es lo que voy a hacer.

Cierre del Magisterio de El Clermont

Hoy Dios habló en hechos.
Y yo escuché.

No al auto nuevo.
No a cuatro años más de supervivencia.
No a repetir la historia.

Sí a la comodidad.
Sí al margen.
Sí a la vida vivible.
Sí al orden.

Y sí a escribirlo acá, en el Magisterio de El Clermont, donde las decisiones se toman con la cabeza fría y el corazón en paz.

Lean.



domingo, 17 de mayo de 2026

Sobre las vidas que viví y la que comienza hoy


Hoy, domingo 17 de mayo, me desperté tarde, con la cabeza espesa y el corazón en un estado extraño: ni triste, ni caído, pero sí cansado.
Un cansancio que no viene del cuerpo, sino del alma.
Un cansancio que no pide dormir, sino comprender.

Mientras avanzaba el mediodía, entendí algo que hace tiempo venía insinuándose en silencio:
he vivido muchas vidas dentro de esta misma vida.
Y cada una de ellas dejó en mí una marca, una enseñanza y también una herida.

Hoy pude nombrarlas con claridad:

  1. La vida con mi familia de origen, donde aprendí a ser.

  2. La vida con Soledad, mi primera construcción adulta.

  3. La vida con Ely, la etapa de estructura y responsabilidad.

  4. La vida como single, mi primera libertad verdadera.

  5. La vida con Analía, intensa, luminosa y formativa.

  6. La vida solitario, donde el duelo me enseñó a mirarme sin disfraces.

  7. Y ahora, la vida definitiva, la que no se reinventa: la que se asienta.

No escribo esto desde la nostalgia ni desde la queja.
Lo escribo desde un lugar más hondo: la aceptación.

Porque hoy entendí que no estoy cansado de vivir.
Estoy cansado de tener que reconstruirme tantas veces.
Y ese cansancio no es señal de derrota: es señal de madurez.

¿Y Dios?

En este domingo, mientras ordenaba mis pensamientos, me hice tres preguntas que cualquier creyente se hace alguna vez:

  • ¿Soy valioso para Dios?

  • ¿Esperaba Él más de mí?

  • ¿Soy demasiado pequeño para lo que Él tenía pensado?

La respuesta que encontré —y que hoy dejo escrita para quien la necesite— es simple y católica en su esencia:

Dios no mide.
Dios no compara.
Dios no lleva cuentas.
Dios no esperaba que yo fuera más grande.
Dios esperaba que fuera verdadero.

Y la verdad es que, con mis aciertos y mis errores, con mis duelos y mis búsquedas, con mis caídas y mis retornos, siempre intenté serlo.

El cierre de un vínculo y el inicio de una etapa

Anoche cerré definitivamente un capítulo importante de mi vida afectiva.
No con enojo, no con reproches, no con dramatismo.
Con paz.

Y hoy, en este domingo del Señor, siento que ese cierre no fue un final, sino un pasaje.

Un pasaje hacia una vida donde ya no necesito reinventarme,
donde ya no tengo que empezar de cero,
donde ya no me defino por lo que perdí,
sino por lo que soy.

Una vida donde puedo descansar en Dios,
sin exigencias,
sin culpas,
sin la sensación de estar en deuda con un plan que nunca conocí.

La vida definitiva

No es una vida espectacular.
No es una vida heroica.
No es una vida de grandes gestas.

Es una vida verdadera.

Una vida donde:

  • acepto lo que viví,

  • honro lo que perdí,

  • agradezco lo que aprendí,

  • y camino hacia adelante sin máscaras.

Una vida donde Dios no es juez,
sino compañía silenciosa.

Una vida donde ya no busco ser otro,
sino ser yo, con la dignidad que Él me dio.

Cierro este post con una oración sencilla

**Señor,
gracias por las vidas que viví
y por la que comienza hoy.

Dame claridad para aceptar,
fortaleza para sostener,
y humildad para caminar.

Que esta etapa sea verdadera,
serena
y suficiente.

Amén.** 


 

domingo, 19 de abril de 2026

Doctrina de la Ermitañez Estilista


Fragmento para el Magisterio Laico de Leandro Alippi

La ermitañez estilista no es un refugio ni una renuncia. Es una forma de presencia. Una manera de habitar el mundo desde la interioridad sin abandonar la lucidez ni la responsabilidad. No nace del rechazo, sino de la selección. No surge del cansancio, sino de la madurez. No se sostiene en la huida, sino en la forma.

El ermitaño estilista no se aparta: se afina.
No se esconde: se concentra.
No se aísla: se ordena.

Su territorio no es un encierro, sino un espacio de precisión. Allí donde otros ven soledad, él ve un taller. Donde otros ven silencio, él ve estructura. Donde otros ven retiro, él ve forma de vida.

La ermitañez estilista se funda en tres principios:

I. El Territorio Elegido

El ermitaño estilista no habita cualquier lugar: lo consagra.
No lo llena de objetos: lo reduce a lo esencial.
No lo usa para escapar: lo usa para pensar, crear, contemplar y sostenerse.
El territorio es un instrumento, no un escondite.
Es un monasterio laico donde la vida se vuelve nítida.

II. La Relación Selectiva

El ermitaño estilista no rompe vínculos: los depura.
No rechaza la compañía: la elige.
No se entrega a la multitud: se entrega a la calidad.
Su presencia es escasa pero plena; su palabra, breve pero exacta; su gesto, mínimo pero verdadero.
No busca ser comprendido por todos: busca ser fiel a sí mismo.

III. La Forma como Ética

La ermitañez estilista no es improvisación: es estilo.
Cada gesto tiene intención.
Cada silencio tiene peso.
Cada límite tiene fundamento.
La vida se vuelve un acto estético, no por vanidad, sino por rigor.
El ermitaño estilista no se retira del mundo: lo mira desde otro ángulo.

La ermitañez estilista no es una patología ni una excentricidad.
Es una doctrina de vida adulta, una forma de sostener la identidad sin ruido, sin interferencias, sin la compulsión de pertenecer.

Es la afirmación de que la soledad elegida no es ausencia, sino plenitud sin testigos.
Que el silencio no es vacío, sino territorio fértil.
Que la interioridad no es encierro, sino maestría.

El ermitaño estilista no se aparta del mundo:
se aparta del ruido para poder verlo.

Y desde ese lugar —su ermita, su territorio, su forma— ejerce su magisterio laico:
no enseñando con discursos, sino con presencia;
no imponiendo doctrina, sino encarnándola;
no buscando discípulos, sino dejando que cada uno encuentre su propio territorio.



miércoles, 25 de marzo de 2026

Lectura Civil y Estructural: Cinco Escenas para una Consultante Anónima


Una lectura macroecuménica sobre climas internos, tensiones humanas y disposiciones adultas ante cinco preguntas existenciales

Este dictamen no trabaja con adivinación ni con prácticas esotéricas.
Trabaja con escenas simbólicas que permiten pensar climas internos, tensiones y disposiciones humanas desde una perspectiva macroecuménica y adulta.

Cada escena es una imagen que ayuda a ordenar, no a predecir.

1. Escena de dispersión: el puente que se nubla

La primera imagen muestra un espacio lleno de estímulos superpuestos: deseos, expectativas, ideas y emociones que se mezclan sin jerarquía.
No hay maldad ni error espiritual.
Hay ruido.

La Consultante quiere crear un puente con Dios, pero la escena indica que el obstáculo no es la fe, sino la saturación interna.
Cuando hay demasiadas voces al mismo tiempo, ninguna se escucha.

La escena sugiere que el vínculo con lo divino no se construye desde la intensidad, sino desde la claridad mínima: un gesto, un espacio, un ritmo.

2. Escena de resistencia: el trabajo que se sostiene

La segunda imagen muestra a alguien que sigue adelante aun cuando está cansada.
Hay esfuerzo, hay compromiso, pero también hay una postura defensiva: como si cada avance requiriera más energía de la necesaria.

La Consultante pregunta por la manifestación de ventas en un área nueva de su emprendimiento.
La escena indica que no falta voluntad, sino estructura.

El clima no pide empujar más.
Pide ordenar mejor:
prioridades, tiempos, límites y un plan que no la desgaste.

3. Escena de idealización: el amor como concepto

La tercera imagen no muestra un encuentro afectivo.
Muestra una figura mental: veloz, analítica, inquieta.
Es una escena donde el amor aparece más como idea elevada que como presencia concreta.

La Consultante pregunta si “el amor de todas sus vidas” está encarnado en este plano.
La escena no responde desde el destino.
Responde desde la estructura de la búsqueda.

Lo que aparece no es una persona, sino un ideal.
La pregunta, entonces, no se resuelve afuera, sino en cómo ella piensa el amor.

4. Escena de apertura: el paso sin mapa

La cuarta imagen muestra un movimiento libre, sin cálculo, sin garantías.
No hay urgencia, no hay necesidad, no hay presión.
Hay disponibilidad.

La Consultante quiere encontrar pronto a ese amor ideal.
La escena indica que la urgencia cierra caminos.
La apertura los abre.

No se trata de salir a buscar.
Se trata de aflojar la idea fija para que algo nuevo pueda aparecer sin ser filtrado por la necesidad.

5. Escena de sospecha: el entorno que se vuelve espejo

La quinta imagen muestra una figura que mira alrededor con cautela.
No hay enemigos visibles.
Hay sensación de vulnerabilidad.

La Consultante pregunta si su entorno la envidia o no le quiere bien.
La escena no muestra hostilidad real.
Muestra un estado interno que interpreta señales ambiguas como amenazas.

No es un problema del entorno.
Es un clima de hipersensibilidad momentánea.

Conclusión operativa

Las cinco escenas no hablan de destino ni de fuerzas externas.
Hablan de procesos internos:

  • dispersión emocional,

  • esfuerzo defensivo,

  • idealización del amor,

  • necesidad de apertura,

  • y una lectura sensible del entorno.

El dictamen no indica fatalidad ni promesas.
Indica lugares donde la Consultante puede ordenar su vida con más claridad y menos presión.

La lectura simbólica no reemplaza la fe ni la razón.
Las acompaña.

Este dictamen no fija destino ni anticipa futuro. Ofrece escenas para pensar, ordenar y respirar. La Consultante Anónima queda invitada a tomar lo que le sirva, descartar lo que no, y continuar su camino con la claridad suficiente para sostenerse en Dios, en su trabajo y en sus vínculos, sin urgencias ni presiones.



Saturación y Criterio Adulto ante una Morosidad Mecánica

 


Desde el 18 de febrero vengo esperando que el venezolano —a quien inicialmente había elegido por su aparente disponibilidad— me otorgue un turno para ingresar la Taunus a diagnóstico. Lo contacté por escrito, por audio y por llamada. La secuencia fue siempre la misma: evasivas, demoras, silencios y una morosidad que se volvió estructural.

No se trata de un enojo personal. Se trata de una lectura civil del vínculo operativo.

1. La morosidad como señal estructural

Cuando un proveedor evita responder, posterga sin explicación o diluye el compromiso inicial, no estamos ante un simple retraso. Estamos ante un clima:

  • falta de responsabilidad,

  • ausencia de reciprocidad mínima,

  • y un desorden que, si uno lo acepta, termina trasladándose al propio sistema.

A esta altura de mi vida, ya no negocio con climas injustos.
No por orgullo: por criterio adulto.

2. El límite como acto de cuidado propio

La paciencia no es infinita ni debe serlo.
Cuando un vínculo operativo se vuelve injusto, la tolerancia deja de ser virtud y pasa a ser complicidad con el desgaste.

Por eso, hoy tomé una decisión simple y limpia:
escribí un mensaje a Reyna para consultar disponibilidad real y avanzar con alguien que sí pueda sostener un proceso técnico sin evasivas.

No es un castigo.
No es un impulso emocional.
Es un acto de orden.

3. La adultez como filtro mecánico

En cuestiones materiales —y más aún en un vehículo que forma parte de mi historia y mi patrimonio afectivo— no puedo permitir que la morosidad ajena marque el ritmo.

La adultez consiste en cerrar lo que no funciona y abrir lo que sí.
Sin dramatismo.
Sin explicaciones innecesarias.
Sin resentimiento.

Conclusión operativa

La decisión no fue contra el venezolano.
Fue a favor del orden.
A favor de mi tiempo, mi energía y mi Taunus.
A favor de un clima mecánico que acompañe, no que desgaste.

Ahora queda ver qué responde Reyna.
Pero la decisión estructural ya está tomada:
no negocio con la injusticia ni con la morosidad crónica.



martes, 24 de marzo de 2026

El Sueño más antiguo: La Sabiduría

 


El sueño más antiguo: la sabiduría

Desde muy joven, cuando vi por primera vez la serie Kung Fu con David Carradine, se encendió en mí un sueño que, con el tiempo, entendí que era el mayor de todos: alcanzar la sabiduría. No la sabiduría como adorno espiritual, sino como forma de vida, como criterio, como templanza. Aquellos maestros shaolin de la ficción despertaron en mí una pregunta que nunca dejó de acompañarme: ¿cómo se vive con lucidez?

En la adolescencia, ese impulso encontró un interlocutor decisivo: Faustino Mascotti, acuariano, mi mejor amigo de entonces. Con él nos debatíamos en conversaciones que hoy reconozco como el verdadero inicio de mi formación. Eran diálogos largos, intensos, cargados de ansias de conocimiento. Ahí se forjó mi primera disciplina: pensar.

Después vinieron los estudios académicos, el paso por Tribunales, y finalmente mi retiro de ese mundo. Ese retiro abrió la etapa que nunca abandoné: los estudios autodidactas, que practico desde los años 2000 hasta hoy. Fue ahí donde mi búsqueda dejó de ser juvenil y se volvió adulta.

En 2017, una partener de vida —la ya fallecida Adriana Herrero— me habló por primera vez de los septenios. Teníamos la misma edad y estábamos por ingresar al octavo. Ese concepto psicosocial me dio una estructura temporal para comprender algo que ya venía sintiendo: que cada etapa de la vida tiene una fuerza propia, una tarea, un modo.

La maestría comenzó cuando me mudé a Villa María, junto a mi tercera mujer. Ella fue, sin saberlo, la discípula más desafiante del septenio anterior. Y no fue la única: a lo largo de esos años, varias personas me reconocieron como maestro de la vida. Yo no lo busqué; simplemente enseñé por presencia, por estilo, por todos mis poros.

Hoy, al borde de mi cumpleaños y del ingreso al Noveno Septenio, siento que se cumple el sueño mayor de mi vida: la consagración como sabio. No como título, no como rol, no como identidad. Como estado de suficiencia. Como modo de estar en el mundo.

Hace tiempo vengo anticipando que esta etapa estaría marcada más por el silencio que por la palabra. Y así ha sido: mi estilo se depuró, se volvió mínimo, esencial. La filosofía minimalista dejó de ser estética para convertirse en criterio vital.

Al ingresar a la sabiduría, ya no me quedan muchos sueños por cumplir. Lo que deseo ahora es simple: suficiencia, estabilidad, templanza y contemplación de La Obra, más que su hechura. No necesito producir tanto como antes; necesito ver, comprender, ordenar, cerrar.

Este es mi ingreso al Noveno Septenio:
el tiempo de la sabiduría operativa



Magisterio de El Clermont La lectura de la colega

Dios ya se había expedido en hechos, y ahora la colega se expidió en palabras. Me dijo: “Yo desde un principio supe que no me ibas a regalar...