viernes, 25 de septiembre de 2026

La tercera pata de la silla

Anoche aprendí algo que ya sabía, pero que a veces necesita volver a ser aprendido.

Hay personas que llegan a nuestra vida por afinidad, otras por necesidad, y otras porque parecen estar llamadas a ocupar un lugar determinado dentro de una historia. No un lugar de privilegio ni de poder, sino simplemente el lugar que les corresponde.

Durante varios días hablamos de códigos, promesas, posibilidades futuras y amistades. Como ocurre casi siempre, aquello que parecía un problema externo terminó revelándose como una cuestión interior.

Algunos defendíamos los acuerdos.

Otros defendían la libertad.

Otros defendían el amor propio.

Y, sin embargo, nadie estaba realmente enfrentado a nadie.

Comprendí que muchas veces confundimos serenidad con indiferencia. Pensamos que quien no compite es porque no le importa, cuando en realidad puede ser exactamente lo contrario. Hay personas que no luchan por determinados espacios porque consideran que aquello que les pertenece no necesita ser conquistado por la fuerza.

Esa idea apareció con claridad en una frase sencilla:

"No es entrega, es amor propio."

Me pareció una distinción importante.

La entrega puede nacer del sacrificio.

El amor propio nace del reconocimiento de la propia dignidad.

Mientras estas conversaciones sucedían, otra escena se desarrollaba en paralelo. Una conversación de medianoche sobre llegar a fin de mes, sobrevivir con arroz, fideos y huevos, esperar un trámite de ANSES, administrar pequeños recursos y confiar en que el mes siguiente traerá algo de alivio.

Nada extraordinario.

Y precisamente por eso, profundamente humano.

A veces creemos que los vínculos se construyen en grandes declaraciones. Sin embargo, suelen crecer en esos lugares modestos donde alguien pregunta si todavía quedan huevos en la heladera, si hay aceite para una mayonesa o si el trámite saldrá bien.

La amistad, el afecto y la confianza suelen tener formas mucho más sencillas de las que imaginamos.

Al final de la noche ocurrió algo inesperado.

La persona que parecía mantenerse al margen pidió regresar al grupo.

No hubo discursos solemnes.

No hubo negociaciones.

No hubo vencedores ni vencidos.

Simplemente regresó.

Y entonces comprendí algo que me había rondado durante toda la conversación.

Nadie reemplaza a nadie.

Las personas no son fichas intercambiables.

Cada una aporta una voz, una perspectiva y una energía que no pueden ser copiadas por otra.

Por eso me vino a la mente la antigua silla curul romana, sostenida por pocas patas, donde la ausencia de una de ellas altera el equilibrio del conjunto.

Los grupos humanos también funcionan así.

No porque todos tengan la misma función, sino porque cada uno aporta algo irrepetible.

Al terminar la jornada, los códigos seguían intactos, las amistades seguían en pie y cada persona seguía ocupando su propio lugar.

Quizás esa era la enseñanza escondida detrás de tantas palabras.

Que la verdadera armonía no consiste en que todos pensemos igual.

Consiste en que cada uno pueda ser quien es sin necesidad de competir para existir.

Y cuando eso sucede, la silla vuelve a quedar completa.

martes, 15 de septiembre de 2026

Mi camino hacia la autonomía y la autoconfianza

 


En estos últimos años he recorrido un camino que me llevó, paso a paso, hacia una forma de autonomía que antes no tenía. Descubrí que podía vivir sin pedir permiso, sin depender emocionalmente de la aprobación ajena, y que esa libertad interior me permitió crecer, afirmarme y sentirme más seguro de mí mismo.

Una parte esencial de ese proceso fue mi experiencia viviendo solo en El Refugio, aquella casa en el monte donde pasé tres años completos y donde conocí a mi tercera mujer. Ese tiempo me dio autosuficiencia, silencio, contacto directo con la naturaleza y la oportunidad de vincularme con personas que compartían intereses similares. Allí aprendí a sostenerme, a organizarme y a escucharme.

La filosofía del minimalismo y la vida en el campo me enseñaron a valorar la simplicidad y la austeridad. Esos principios siguen presentes en mi vida actual y se expresan, sobre todo, en mi espacio personal: mi departamento, diseñado con un enfoque minimalista y que considero mi templo sagrado civil. Ese lugar es una fuente profunda de bienestar y realización; representa, aproximadamente, la mitad de mi equilibrio emocional, junto con mis ocupaciones y mis vínculos afectivos.

Hoy entiendo que mi bienestar depende de un equilibrio entre todos esos elementos: mi autonomía, mis espacios, mis relaciones y mi forma de habitar la vida. Ese balance es lo que sostiene mi sensación de realización y mi camino hacia una vida más consciente y más propia.

lunes, 7 de septiembre de 2026

MAGISTERIO LAICO — MI VOCACIÓN Y MI SUSTENTO

Mi economía espiritual y humana

1° Heredé mi departamento junto a mi hermana Alejandra y acordamos para mí, el usufructo vitalicio.
Es la base material de mi vida adulta y el primer ladrillo de mi linaje.

2° Mi auto lo compré con el remanente de lo que perdí.
Es el símbolo de mi recuperación y de mi agencia personal.

3° El mobiliario fijo y móvil lo construí durante años, invirtiendo el capital de mis ahorros provenientes de mi renta vitalicia.
Cada objeto es fruto de constancia, orden y paciencia.

4° Mi renta vitalicia es mi jubilación por invalidez provincial.
La gané en un procedimiento administrativo larguísimo de 16 años, con recursos de reconsideración y todo, todos ganados.
Ese reconocimiento es parte de mi dignidad profesional como abogado.

5° Solo a los desconocidos que me busquen les cobraría, y hasta por ahí nomás.
Mi apostolado es gratuito para los vulnerables y para quienes sostienen mi camino.

6° Quiero sentirme útil.
No necesito que nadie comprenda la profundidad de mi trabajo:
necesito que agradezcan y reconozcan mi vocación.
Ese gesto alimenta mi alma tanto como yo alimento la claridad de los demás.

7° Mis hermanas me nutren con comidas ricas y barcitos bastante seguido.
Ese sostén afectivo es parte de mi economía emocional, puesto que, con cada encuentro, mucho de mi eje vuelve a su lugar y el de ellas también (viático).

8° La gente que no es de mi familia suele aportar lo suyo.
Baltasar me invita, Alina cocina, y varias mujeres me han limpiado la casa y los platos.
La comunidad devuelve lo que doy.

9° La que me enseñó que Dios me paga mi sueldo —mi renta vitalicia— por mi apostolado hacia los vulnerables fue Ely.
Y me dijo, además, que esto es lo que más orgullosa la hace sentir de mí.
Esa frase quedó grabada como doctrina:
Dios me paga para que yo acompañe gratis a quienes no pueden sostenerse solos.

10° El economato que ejerzo es tan complejo y ajustado que necesité los Apoyos Judiciales e incondicionales de mis hermanas mayores Lucía y Alejandra. Lucía como administradora y Alejandra como protectora natural de los dos.
Georgina no se queda afuera, en los momentos dificiles ella es la que tal vez con más intensidad logra estar. Una intensidad correctiva de mis desvaríos.

viernes, 19 de junio de 2026

Magisterio de El Clermont La lectura de la colega


Dios ya se había expedido en hechos, y ahora la colega se expidió en palabras.

Me dijo: “Yo desde un principio supe que no me ibas a regalar la ropa, no porque no quisieras, sino porque no ibas a poder.”

Esa frase resume su modo de mirar el mundo: no reprocha, diagnostica.
No se sorprende, confirma.
Y en esa confirmación se protege del desencanto.

Yo no discuto eso.
Lo registro.

Porque lo que ella llama “no poder” no es incapacidad, es prioridad.
Yo elegí sostener mi casa, mi orden, mi margen.
Elegí reparar el inodoro antes que cumplir un gesto simbólico.
Elegí la realidad antes que la ilusión.

Y eso no me hace menos poderoso.
Me hace más lúcido.

A mis guerreros

A los que me quieren ver otra vez en el brillo, les digo:
el poder que me interesa hoy no es el de comprar, regalar o exhibir.
Es el poder de mantenerme en pie, seco, estable, sin deuda, sin humedad, sin supervivencia.

El Clermont no es un castillo de fantasías.
Es una casa real, con caños, con piso, con decisiones.
Y ahí se ejerce el magisterio.

Cierre

La colega habló desde su intuición, y yo escuché.
Pero mi eje no se mueve por intuiciones ajenas.
Se mueve por hechos.

Hoy el hecho es simple:
la vida me pidió orden, y yo lo elegí.

Lean —
Magisterio de El Clermont.



Magisterio de El Clermont Dios se ha expedido en hechos

Hoy Dios habló.

No en metáforas, no en símbolos, no en intuiciones:
habló en hechos concretos.

El inodoro que arreglé hace apenas días —en el que gasté 170.000 pesos— volvió a romperse.
Lo presentí cuando vi al plomero trabajar con un repuesto que no conocía.
Lo vi, lo olí, lo supe.
Y pasó.

No voy a reclamarle nada.
Es un diverso funcional, y esta vez no funcionó bien.
No voy a humillar a nadie por un error.
Voy a llamar a un recomendado y pagaré lo que haya que pagar:
150.000 pesos más.

Y ahí entendí todo.

El derrame de agua y el derrame emocional

El agua derramada siempre es un espejo.
No es magia: es psicología profunda.

El agua que se escapa es la emoción que se desborda.
Y la emoción que se desborda viene de un solo lugar:

la decisión sobre el auto nuevo.

Yo no quiero volver a cuatro años de supervivencia.
No quiero volver a vivir sin margen.
No quiero volver a perder lo que ya perdí:

  • un 0 km

  • una 4x4

  • una hectárea y media en Unquillo

  • un departamento

  • un terreno conyugal de media hectárea

Esa fue mi fortuna.
Y la perdí.
Y sobreviví.
Pero no quiero repetir esa historia.

Hoy quiero comodidad, no épica.
Quiero vida vivible, no hazañas.
Quiero paz, no demostraciones.

Y tengo auto.
No perfecto, pero mío.
Y bajo control.

A mis guerreros

Hoy dos guerreros y la naguala se entusiasmaron con la idea del auto nuevo.
Los vi orar por mi retorno triunfal, por el Lean poderoso, por el Lean que manejaba 0 km y 4x4.

Los entiendo.
Ellos vieron mi brillo.
Vieron mi potencia.
Vieron mi mejor versión.

Pero yo soy el que paga las facturas.
Yo soy el que sostiene la casa.
Yo soy el que enfrenta la humedad si aparece abajo.
Yo soy el que vive con las consecuencias.

Y hoy les digo con cariño y firmeza:

no voy a comprar el auto nuevo.

No porque no pueda.
Sino porque no quiero volver a la supervivencia.

Hoy el magisterio me pide otra cosa:
vivir cómodo por primera vez en mi vida.

A la colega (Daniela)

Con diplomacia y respeto

Dani, vos sabés que cuando te dije que quería regalarte la campera y el jean, lo dije con alegría verdadera.
No fue un gesto vacío.
No fue un impulso tonto.
Fue un acto de afecto y de reconocimiento.

Pero hoy la vida real me puso un límite concreto:
tengo que arreglar el inodoro ya, antes de que genere una humedad abajo que me cueste el doble.

La plata que tenía destinada a tu regalo la voy a necesitar para eso.
No es falta de palabra.
No es falta de voluntad.
No es falta de cariño.

Es prioridad adulta.

Yo ya viví lo que es que me digan que “no cumplo”, que “ilusiono”, que “prometo y no sostengo”.
No quiero repetir ese patrón con vos.

Vos merecés claridad.
Y yo merezco vivir con margen.

Lo que compartimos como colegas sigue intacto.
Lo que hablamos sigue siendo valioso.
Pero hoy la vida me pide atender lo urgente.
Y eso es lo que voy a hacer.

Cierre del Magisterio de El Clermont

Hoy Dios habló en hechos.
Y yo escuché.

No al auto nuevo.
No a cuatro años más de supervivencia.
No a repetir la historia.

Sí a la comodidad.
Sí al margen.
Sí a la vida vivible.
Sí al orden.

Y sí a escribirlo acá, en el Magisterio de El Clermont, donde las decisiones se toman con la cabeza fría y el corazón en paz.

Lean.



domingo, 17 de mayo de 2026

Sobre las vidas que viví y la que comienza hoy


Hoy, domingo 17 de mayo, me desperté tarde, con la cabeza espesa y el corazón en un estado extraño: ni triste, ni caído, pero sí cansado.
Un cansancio que no viene del cuerpo, sino del alma.
Un cansancio que no pide dormir, sino comprender.

Mientras avanzaba el mediodía, entendí algo que hace tiempo venía insinuándose en silencio:
he vivido muchas vidas dentro de esta misma vida.
Y cada una de ellas dejó en mí una marca, una enseñanza y también una herida.

Hoy pude nombrarlas con claridad:

  1. La vida con mi familia de origen, donde aprendí a ser.

  2. La vida con Soledad, mi primera construcción adulta.

  3. La vida con Ely, la etapa de estructura y responsabilidad.

  4. La vida como single, mi primera libertad verdadera.

  5. La vida con Analía, intensa, luminosa y formativa.

  6. La vida solitario, donde el duelo me enseñó a mirarme sin disfraces.

  7. Y ahora, la vida definitiva, la que no se reinventa: la que se asienta.

No escribo esto desde la nostalgia ni desde la queja.
Lo escribo desde un lugar más hondo: la aceptación.

Porque hoy entendí que no estoy cansado de vivir.
Estoy cansado de tener que reconstruirme tantas veces.
Y ese cansancio no es señal de derrota: es señal de madurez.

¿Y Dios?

En este domingo, mientras ordenaba mis pensamientos, me hice tres preguntas que cualquier creyente se hace alguna vez:

  • ¿Soy valioso para Dios?

  • ¿Esperaba Él más de mí?

  • ¿Soy demasiado pequeño para lo que Él tenía pensado?

La respuesta que encontré —y que hoy dejo escrita para quien la necesite— es simple y católica en su esencia:

Dios no mide.
Dios no compara.
Dios no lleva cuentas.
Dios no esperaba que yo fuera más grande.
Dios esperaba que fuera verdadero.

Y la verdad es que, con mis aciertos y mis errores, con mis duelos y mis búsquedas, con mis caídas y mis retornos, siempre intenté serlo.

El cierre de un vínculo y el inicio de una etapa

Anoche cerré definitivamente un capítulo importante de mi vida afectiva.
No con enojo, no con reproches, no con dramatismo.
Con paz.

Y hoy, en este domingo del Señor, siento que ese cierre no fue un final, sino un pasaje.

Un pasaje hacia una vida donde ya no necesito reinventarme,
donde ya no tengo que empezar de cero,
donde ya no me defino por lo que perdí,
sino por lo que soy.

Una vida donde puedo descansar en Dios,
sin exigencias,
sin culpas,
sin la sensación de estar en deuda con un plan que nunca conocí.

La vida definitiva

No es una vida espectacular.
No es una vida heroica.
No es una vida de grandes gestas.

Es una vida verdadera.

Una vida donde:

  • acepto lo que viví,

  • honro lo que perdí,

  • agradezco lo que aprendí,

  • y camino hacia adelante sin máscaras.

Una vida donde Dios no es juez,
sino compañía silenciosa.

Una vida donde ya no busco ser otro,
sino ser yo, con la dignidad que Él me dio.

Cierro este post con una oración sencilla

**Señor,
gracias por las vidas que viví
y por la que comienza hoy.

Dame claridad para aceptar,
fortaleza para sostener,
y humildad para caminar.

Que esta etapa sea verdadera,
serena
y suficiente.

Amén.** 


 

sábado, 2 de mayo de 2026

Mi traducción laica de la flama gemela

 

Con el paso de los años fui dejando de lado gran parte del lenguaje esotérico con el que suele describirse la llamada "flama gemela". No porque considere inútiles esos símbolos, sino porque descubrí que muchos de ellos pueden traducirse a experiencias humanas concretas y comprensibles.

Mi interpretación actual es sencilla.

Cuando se habla de almas gemelas, normalmente se hace referencia a personas profundamente compatibles. Pueden existir varias a lo largo de una vida. Son vínculos significativos, enriquecedores y transformadores, pero cada uno conserva su propia trayectoria vital.

La idea de flama gemela intenta describir algo distinto: la experiencia de un vínculo que, aun después de terminar, continúa formando parte de la identidad de quienes lo vivieron.

La comparación que mejor expresa esta experiencia, para mí, es la unión sacramental del matrimonio.

Cuando dos personas se casan, el vínculo puede deteriorarse, interrumpirse o incluso romperse en los hechos. Sin embargo, quienes han atravesado una unión profunda saben que algo permanece. No necesariamente permanece el proyecto común, la convivencia o la relación cotidiana, pero sí una marca estable en la propia biografía.

La otra persona deja de ser simplemente alguien que pasó por nuestra vida. Se convierte en una parte permanente de nuestra historia.

Por eso, cuando escucho hablar de flamas gemelas, no pienso en fenómenos sobrenaturales ni en almas divididas en dos mitades. Pienso en esos vínculos excepcionales cuya influencia persiste aun cuando la relación ya no existe de la forma en que existió originalmente.

La característica central no es la intensidad emocional, porque muchas relaciones pueden ser intensas. Tampoco la idealización romántica, porque toda idealización termina chocando con la realidad.

Lo distintivo es la permanencia.

Hay personas que amamos, despedimos y recordamos. Y hay otras cuya presencia queda incorporada a nuestra propia identidad. Después de ellas seguimos viviendo, cambiando y construyendo nuevos vínculos, pero nunca volvemos a ser exactamente la misma persona que éramos antes de conocerlas.

En ese sentido, mi traducción laica de la flama gemela es simplemente esta: un encuentro humano cuya huella perdura más allá de la continuidad o de la ruptura de la relación.






domingo, 19 de abril de 2026

Doctrina de la Ermitañez Estilista


Fragmento para el Magisterio Laico de Leandro Alippi

La ermitañez estilista no es un refugio ni una renuncia. Es una forma de presencia. Una manera de habitar el mundo desde la interioridad sin abandonar la lucidez ni la responsabilidad. No nace del rechazo, sino de la selección. No surge del cansancio, sino de la madurez. No se sostiene en la huida, sino en la forma.

El ermitaño estilista no se aparta: se afina.
No se esconde: se concentra.
No se aísla: se ordena.

Su territorio no es un encierro, sino un espacio de precisión. Allí donde otros ven soledad, él ve un taller. Donde otros ven silencio, él ve estructura. Donde otros ven retiro, él ve forma de vida.

La ermitañez estilista se funda en tres principios:

I. El Territorio Elegido

El ermitaño estilista no habita cualquier lugar: lo consagra.
No lo llena de objetos: lo reduce a lo esencial.
No lo usa para escapar: lo usa para pensar, crear, contemplar y sostenerse.
El territorio es un instrumento, no un escondite.
Es un monasterio laico donde la vida se vuelve nítida.

II. La Relación Selectiva

El ermitaño estilista no rompe vínculos: los depura.
No rechaza la compañía: la elige.
No se entrega a la multitud: se entrega a la calidad.
Su presencia es escasa pero plena; su palabra, breve pero exacta; su gesto, mínimo pero verdadero.
No busca ser comprendido por todos: busca ser fiel a sí mismo.

III. La Forma como Ética

La ermitañez estilista no es improvisación: es estilo.
Cada gesto tiene intención.
Cada silencio tiene peso.
Cada límite tiene fundamento.
La vida se vuelve un acto estético, no por vanidad, sino por rigor.
El ermitaño estilista no se retira del mundo: lo mira desde otro ángulo.

La ermitañez estilista no es una patología ni una excentricidad.
Es una doctrina de vida adulta, una forma de sostener la identidad sin ruido, sin interferencias, sin la compulsión de pertenecer.

Es la afirmación de que la soledad elegida no es ausencia, sino plenitud sin testigos.
Que el silencio no es vacío, sino territorio fértil.
Que la interioridad no es encierro, sino maestría.

El ermitaño estilista no se aparta del mundo:
se aparta del ruido para poder verlo.

Y desde ese lugar —su ermita, su territorio, su forma— ejerce su magisterio laico:
no enseñando con discursos, sino con presencia;
no imponiendo doctrina, sino encarnándola;
no buscando discípulos, sino dejando que cada uno encuentre su propio territorio.



miércoles, 25 de marzo de 2026

Lectura Civil y Estructural: Cinco Escenas para una Consultante Anónima


Una lectura macroecuménica sobre climas internos, tensiones humanas y disposiciones adultas ante cinco preguntas existenciales

Este dictamen no trabaja con adivinación ni con prácticas esotéricas.
Trabaja con escenas simbólicas que permiten pensar climas internos, tensiones y disposiciones humanas desde una perspectiva macroecuménica y adulta.

Cada escena es una imagen que ayuda a ordenar, no a predecir.

1. Escena de dispersión: el puente que se nubla

La primera imagen muestra un espacio lleno de estímulos superpuestos: deseos, expectativas, ideas y emociones que se mezclan sin jerarquía.
No hay maldad ni error espiritual.
Hay ruido.

La Consultante quiere crear un puente con Dios, pero la escena indica que el obstáculo no es la fe, sino la saturación interna.
Cuando hay demasiadas voces al mismo tiempo, ninguna se escucha.

La escena sugiere que el vínculo con lo divino no se construye desde la intensidad, sino desde la claridad mínima: un gesto, un espacio, un ritmo.

2. Escena de resistencia: el trabajo que se sostiene

La segunda imagen muestra a alguien que sigue adelante aun cuando está cansada.
Hay esfuerzo, hay compromiso, pero también hay una postura defensiva: como si cada avance requiriera más energía de la necesaria.

La Consultante pregunta por la manifestación de ventas en un área nueva de su emprendimiento.
La escena indica que no falta voluntad, sino estructura.

El clima no pide empujar más.
Pide ordenar mejor:
prioridades, tiempos, límites y un plan que no la desgaste.

3. Escena de idealización: el amor como concepto

La tercera imagen no muestra un encuentro afectivo.
Muestra una figura mental: veloz, analítica, inquieta.
Es una escena donde el amor aparece más como idea elevada que como presencia concreta.

La Consultante pregunta si “el amor de todas sus vidas” está encarnado en este plano.
La escena no responde desde el destino.
Responde desde la estructura de la búsqueda.

Lo que aparece no es una persona, sino un ideal.
La pregunta, entonces, no se resuelve afuera, sino en cómo ella piensa el amor.

4. Escena de apertura: el paso sin mapa

La cuarta imagen muestra un movimiento libre, sin cálculo, sin garantías.
No hay urgencia, no hay necesidad, no hay presión.
Hay disponibilidad.

La Consultante quiere encontrar pronto a ese amor ideal.
La escena indica que la urgencia cierra caminos.
La apertura los abre.

No se trata de salir a buscar.
Se trata de aflojar la idea fija para que algo nuevo pueda aparecer sin ser filtrado por la necesidad.

5. Escena de sospecha: el entorno que se vuelve espejo

La quinta imagen muestra una figura que mira alrededor con cautela.
No hay enemigos visibles.
Hay sensación de vulnerabilidad.

La Consultante pregunta si su entorno la envidia o no le quiere bien.
La escena no muestra hostilidad real.
Muestra un estado interno que interpreta señales ambiguas como amenazas.

No es un problema del entorno.
Es un clima de hipersensibilidad momentánea.

Conclusión operativa

Las cinco escenas no hablan de destino ni de fuerzas externas.
Hablan de procesos internos:

  • dispersión emocional,

  • esfuerzo defensivo,

  • idealización del amor,

  • necesidad de apertura,

  • y una lectura sensible del entorno.

El dictamen no indica fatalidad ni promesas.
Indica lugares donde la Consultante puede ordenar su vida con más claridad y menos presión.

La lectura simbólica no reemplaza la fe ni la razón.
Las acompaña.

Este dictamen no fija destino ni anticipa futuro. Ofrece escenas para pensar, ordenar y respirar. La Consultante Anónima queda invitada a tomar lo que le sirva, descartar lo que no, y continuar su camino con la claridad suficiente para sostenerse en Dios, en su trabajo y en sus vínculos, sin urgencias ni presiones.



Saturación y Criterio Adulto ante una Morosidad Mecánica

 


Desde el 18 de febrero vengo esperando que el venezolano —a quien inicialmente había elegido por su aparente disponibilidad— me otorgue un turno para ingresar la Taunus a diagnóstico. Lo contacté por escrito, por audio y por llamada. La secuencia fue siempre la misma: evasivas, demoras, silencios y una morosidad que se volvió estructural.

No se trata de un enojo personal. Se trata de una lectura civil del vínculo operativo.

1. La morosidad como señal estructural

Cuando un proveedor evita responder, posterga sin explicación o diluye el compromiso inicial, no estamos ante un simple retraso. Estamos ante un clima:

  • falta de responsabilidad,

  • ausencia de reciprocidad mínima,

  • y un desorden que, si uno lo acepta, termina trasladándose al propio sistema.

A esta altura de mi vida, ya no negocio con climas injustos.
No por orgullo: por criterio adulto.

2. El límite como acto de cuidado propio

La paciencia no es infinita ni debe serlo.
Cuando un vínculo operativo se vuelve injusto, la tolerancia deja de ser virtud y pasa a ser complicidad con el desgaste.

Por eso, hoy tomé una decisión simple y limpia:
escribí un mensaje a Reyna para consultar disponibilidad real y avanzar con alguien que sí pueda sostener un proceso técnico sin evasivas.

No es un castigo.
No es un impulso emocional.
Es un acto de orden.

3. La adultez como filtro mecánico

En cuestiones materiales —y más aún en un vehículo que forma parte de mi historia y mi patrimonio afectivo— no puedo permitir que la morosidad ajena marque el ritmo.

La adultez consiste en cerrar lo que no funciona y abrir lo que sí.
Sin dramatismo.
Sin explicaciones innecesarias.
Sin resentimiento.

Conclusión operativa

La decisión no fue contra el venezolano.
Fue a favor del orden.
A favor de mi tiempo, mi energía y mi Taunus.
A favor de un clima mecánico que acompañe, no que desgaste.

Ahora queda ver qué responde Reyna.
Pero la decisión estructural ya está tomada:
no negocio con la injusticia ni con la morosidad crónica.



martes, 24 de marzo de 2026

El Sueño más antiguo: La Sabiduría

 


El sueño más antiguo: la sabiduría

Desde muy joven, cuando vi por primera vez la serie Kung Fu con David Carradine, se encendió en mí un sueño que, con el tiempo, entendí que era el mayor de todos: alcanzar la sabiduría. No la sabiduría como adorno espiritual, sino como forma de vida, como criterio, como templanza. Aquellos maestros shaolin de la ficción despertaron en mí una pregunta que nunca dejó de acompañarme: ¿cómo se vive con lucidez?

En la adolescencia, ese impulso encontró un interlocutor decisivo: Faustino Mascotti, acuariano, mi mejor amigo de entonces. Con él nos debatíamos en conversaciones que hoy reconozco como el verdadero inicio de mi formación. Eran diálogos largos, intensos, cargados de ansias de conocimiento. Ahí se forjó mi primera disciplina: pensar.

Después vinieron los estudios académicos, el paso por Tribunales, y finalmente mi retiro de ese mundo. Ese retiro abrió la etapa que nunca abandoné: los estudios autodidactas, que practico desde los años 2000 hasta hoy. Fue ahí donde mi búsqueda dejó de ser juvenil y se volvió adulta.

En 2017, una partener de vida —la ya fallecida Adriana Herrero— me habló por primera vez de los septenios. Teníamos la misma edad y estábamos por ingresar al octavo. Ese concepto psicosocial me dio una estructura temporal para comprender algo que ya venía sintiendo: que cada etapa de la vida tiene una fuerza propia, una tarea, un modo.

La maestría comenzó cuando me mudé a Villa María, junto a mi tercera mujer. Ella fue, sin saberlo, la discípula más desafiante del septenio anterior. Y no fue la única: a lo largo de esos años, varias personas me reconocieron como maestro de la vida. Yo no lo busqué; simplemente enseñé por presencia, por estilo, por todos mis poros.

Hoy, al borde de mi cumpleaños y del ingreso al Noveno Septenio, siento que se cumple el sueño mayor de mi vida: la consagración como sabio. No como título, no como rol, no como identidad. Como estado de suficiencia. Como modo de estar en el mundo.

Hace tiempo vengo anticipando que esta etapa estaría marcada más por el silencio que por la palabra. Y así ha sido: mi estilo se depuró, se volvió mínimo, esencial. La filosofía minimalista dejó de ser estética para convertirse en criterio vital.

Al ingresar a la sabiduría, ya no me quedan muchos sueños por cumplir. Lo que deseo ahora es simple: suficiencia, estabilidad, templanza y contemplación de La Obra, más que su hechura. No necesito producir tanto como antes; necesito ver, comprender, ordenar, cerrar.

Este es mi ingreso al Noveno Septenio:
el tiempo de la sabiduría operativa



lunes, 23 de marzo de 2026

Discernir lo Material como Parte de la Misión

 


(Un ejercicio católico de orden, escucha y responsabilidad adulta)

En la vida espiritual católica, las decisiones materiales nunca son “solo materiales”.
La tradición siempre entendió que lo que elegimos poseer, reparar o postergar forma parte de nuestro modo de encarnar la misión que Dios nos confía. No se trata de moralismos ni de renuncias teatrales, sino de algo mucho más serio: ordenar la vida para que la gracia pueda trabajar sin ruido.

En estos días estuve meditando sobre un dilema concreto, sencillo en apariencia pero profundo en su estructura:
¿invertir en la restauración integral de un bien que ya forma parte de mi vida, o avanzar hacia un deseo antiguo y legítimo que expresa identidad, estilo y misión?

La pregunta no es económica.
Es espiritual.

1. El orden como primer gesto espiritual

La tradición católica siempre enseñó que la virtud comienza por ordenar lo que ya existe.
No es casual que Jesús haya pasado treinta años en un taller antes de predicar una sola palabra.
El trabajo paciente, la reparación, la dignificación de lo cotidiano: todo eso es espiritualidad encarnada.

En mi caso, este primer gesto se traduce en algo muy concreto:
restaurar lo que sostiene mi vida diaria, devolverle funcionalidad, seguridad y dignidad.
No por nostalgia, sino por justicia y responsabilidad.

Ordenar lo que ya existe es siempre un acto de verdad.

2. El deseo profundo no se reprime: se discierne

Pero la vida espiritual no es solo mantenimiento.
También es deseo.

Hay deseos que no son caprichos:
son antiguos, estables, coherentes con la identidad adulta y con la misión personal.
Son esos deseos que, cuando uno los nombra, resuenan con una claridad que no se explica por utilidad sino por sentido.

La tradición católica nunca pidió matar esos deseos.
Pidió discernirlos.

Discernir no es acelerar.
Discernir no es renunciar.
Discernir es esperar el momento justo, dejar que el deseo madure, que se purifique, que se revele si es misión o dispersión.

3. El tiempo como lugar teológico

Hay decisiones que no se toman hoy.
No porque falte voluntad, sino porque todavía no llegó la hora.

La espiritualidad católica entiende el tiempo como un aliado:
cada cosa tiene su kairos, su estación, su madurez.

En mi caso, el año 2027 aparece como ese tiempo de definición.
No antes.
No ahora.
No desde la ansiedad ni desde la presión económica.
Sino desde la verdad interior que se va decantando en silencio.

4. La libertad adulta como forma de oración

Discernir entre restaurar lo que ya existe o avanzar hacia un bien nuevo que expresa misión no es un dilema moral.
Es un ejercicio de libertad adulta.

La libertad adulta no improvisa.
No se deja arrastrar por impulsos.
Tampoco se encierra en el miedo.

La libertad adulta escucha, ordena, espera, y recién entonces decide.

Ese proceso —tan simple y tan exigente— es una forma de oración.
Una oración sin palabras, hecha de decisiones concretas, de tiempos respetados, de deseos cuidados.

5. Conclusión: caminar sin apuro, sin miedo y sin ruido

Hoy entiendo que:

  • Lo que debo hacer ahora es ordenar lo que ya existe.

  • Lo que deseo profundamente debe ser guardado sin apagarlo.

  • La decisión final llegará en su tiempo, no en mi ansiedad.

La espiritualidad católica no pide renunciar a los deseos legítimos.
Pide ponerlos en verdad, dejarlos madurar, y permitir que Dios hable a través de los tiempos, los gestos y las circunstancias.

Discernir así —con orden, con escucha, con paciencia— es una forma de vivir la misión con la seriedad que merece.



sábado, 21 de marzo de 2026

Tres Escenas para una decisión Mecánica

 


Asi quedará mi Taunus de Colección

Tres escenas para una decisión mecánica

En el análisis de hoy trabajé con tres escenas simbólicas que aparecieron al comparar dos posibles caminos para resolver una cuestión mecánica concreta. No se trata de adivinación ni de prácticas esotéricas, sino de una lectura operativa de climas, tensiones y disposiciones que rodean cada opción.

1. Escena de apertura: el venezolano

La primera imagen que surgió fue la de un inicio limpio. Un clima de disponibilidad, buena voluntad y predisposición práctica.
No hay ruido previo, no hay fricción, no hay tensión acumulada.
Es la escena de alguien que se acerca con apertura y con un tono simple, directo y amable.
Un comienzo que no exige esfuerzo emocional ni negociaciones internas.

2. Escena de tensión: Reyna

La segunda imagen fue la de un quiebre. Algo que se interrumpe, se desordena o se vuelve más complejo de lo necesario.
No habla de la persona en sí, sino del contexto alrededor de esta opción:
más riesgo de complicaciones, más posibilidad de imprevistos, más fricción en el proceso.
Es un clima inestable, donde la resolución podría volverse más pesada o desgastante.

3. Escena de saturación: el criterio adulto

La tercera imagen no describe a nadie más que al propio sistema interno que decide.
Aparece la sensación de “ya es suficiente”, de no querer seguir dando vueltas, de buscar un cierre simple y sin sobresaltos.
Hay claridad en la necesidad de resolver sin drama, sin sorpresas y sin desgaste adicional.

Conclusión operativa

Al poner las tres escenas en relación, la estructura es clara:

  • La primera opción se presenta con fluidez y apertura.

  • La segunda aparece rodeada de tensión e inestabilidad.

  • Y tu propio criterio interno pide simplicidad, tranquilidad y cierre sin fricción.

En ese marco, la opción que mejor acompaña tu necesidad actual es la que se alinea con un clima de apertura y resolución tranquila.

Nuevamente, Cambio de Planes. Para leer (Clic Acá)


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