domingo, 17 de mayo de 2026

Sobre las vidas que viví y la que comienza hoy


Hoy, domingo 17 de mayo, me desperté tarde, con la cabeza espesa y el corazón en un estado extraño: ni triste, ni caído, pero sí cansado.
Un cansancio que no viene del cuerpo, sino del alma.
Un cansancio que no pide dormir, sino comprender.

Mientras avanzaba el mediodía, entendí algo que hace tiempo venía insinuándose en silencio:
he vivido muchas vidas dentro de esta misma vida.
Y cada una de ellas dejó en mí una marca, una enseñanza y también una herida.

Hoy pude nombrarlas con claridad:

  1. La vida con mi familia de origen, donde aprendí a ser.

  2. La vida con Soledad, mi primera construcción adulta.

  3. La vida con Ely, la etapa de estructura y responsabilidad.

  4. La vida como single, mi primera libertad verdadera.

  5. La vida con Analía, intensa, luminosa y formativa.

  6. La vida solitario, donde el duelo me enseñó a mirarme sin disfraces.

  7. Y ahora, la vida definitiva, la que no se reinventa: la que se asienta.

No escribo esto desde la nostalgia ni desde la queja.
Lo escribo desde un lugar más hondo: la aceptación.

Porque hoy entendí que no estoy cansado de vivir.
Estoy cansado de tener que reconstruirme tantas veces.
Y ese cansancio no es señal de derrota: es señal de madurez.

¿Y Dios?

En este domingo, mientras ordenaba mis pensamientos, me hice tres preguntas que cualquier creyente se hace alguna vez:

  • ¿Soy valioso para Dios?

  • ¿Esperaba Él más de mí?

  • ¿Soy demasiado pequeño para lo que Él tenía pensado?

La respuesta que encontré —y que hoy dejo escrita para quien la necesite— es simple y católica en su esencia:

Dios no mide.
Dios no compara.
Dios no lleva cuentas.
Dios no esperaba que yo fuera más grande.
Dios esperaba que fuera verdadero.

Y la verdad es que, con mis aciertos y mis errores, con mis duelos y mis búsquedas, con mis caídas y mis retornos, siempre intenté serlo.

El cierre de un vínculo y el inicio de una etapa

Anoche cerré definitivamente un capítulo importante de mi vida afectiva.
No con enojo, no con reproches, no con dramatismo.
Con paz.

Y hoy, en este domingo del Señor, siento que ese cierre no fue un final, sino un pasaje.

Un pasaje hacia una vida donde ya no necesito reinventarme,
donde ya no tengo que empezar de cero,
donde ya no me defino por lo que perdí,
sino por lo que soy.

Una vida donde puedo descansar en Dios,
sin exigencias,
sin culpas,
sin la sensación de estar en deuda con un plan que nunca conocí.

La vida definitiva

No es una vida espectacular.
No es una vida heroica.
No es una vida de grandes gestas.

Es una vida verdadera.

Una vida donde:

  • acepto lo que viví,

  • honro lo que perdí,

  • agradezco lo que aprendí,

  • y camino hacia adelante sin máscaras.

Una vida donde Dios no es juez,
sino compañía silenciosa.

Una vida donde ya no busco ser otro,
sino ser yo, con la dignidad que Él me dio.

Cierro este post con una oración sencilla

**Señor,
gracias por las vidas que viví
y por la que comienza hoy.

Dame claridad para aceptar,
fortaleza para sostener,
y humildad para caminar.

Que esta etapa sea verdadera,
serena
y suficiente.

Amén.** 


 

sábado, 2 de mayo de 2026

Mi traducción laica de la flama gemela

 

Con el paso de los años fui dejando de lado gran parte del lenguaje esotérico con el que suele describirse la llamada "flama gemela". No porque considere inútiles esos símbolos, sino porque descubrí que muchos de ellos pueden traducirse a experiencias humanas concretas y comprensibles.

Mi interpretación actual es sencilla.

Cuando se habla de almas gemelas, normalmente se hace referencia a personas profundamente compatibles. Pueden existir varias a lo largo de una vida. Son vínculos significativos, enriquecedores y transformadores, pero cada uno conserva su propia trayectoria vital.

La idea de flama gemela intenta describir algo distinto: la experiencia de un vínculo que, aun después de terminar, continúa formando parte de la identidad de quienes lo vivieron.

La comparación que mejor expresa esta experiencia, para mí, es la unión sacramental del matrimonio.

Cuando dos personas se casan, el vínculo puede deteriorarse, interrumpirse o incluso romperse en los hechos. Sin embargo, quienes han atravesado una unión profunda saben que algo permanece. No necesariamente permanece el proyecto común, la convivencia o la relación cotidiana, pero sí una marca estable en la propia biografía.

La otra persona deja de ser simplemente alguien que pasó por nuestra vida. Se convierte en una parte permanente de nuestra historia.

Por eso, cuando escucho hablar de flamas gemelas, no pienso en fenómenos sobrenaturales ni en almas divididas en dos mitades. Pienso en esos vínculos excepcionales cuya influencia persiste aun cuando la relación ya no existe de la forma en que existió originalmente.

La característica central no es la intensidad emocional, porque muchas relaciones pueden ser intensas. Tampoco la idealización romántica, porque toda idealización termina chocando con la realidad.

Lo distintivo es la permanencia.

Hay personas que amamos, despedimos y recordamos. Y hay otras cuya presencia queda incorporada a nuestra propia identidad. Después de ellas seguimos viviendo, cambiando y construyendo nuevos vínculos, pero nunca volvemos a ser exactamente la misma persona que éramos antes de conocerlas.

En ese sentido, mi traducción laica de la flama gemela es simplemente esta: un encuentro humano cuya huella perdura más allá de la continuidad o de la ruptura de la relación.






La tercera pata de la silla

Anoche aprendí algo que ya sabía, pero que a veces necesita volver a ser aprendido. Hay personas que llegan a nuestra vida por afinidad, otr...