El sueño más antiguo: la sabiduría
Desde muy joven, cuando vi por primera vez la serie Kung Fu con David Carradine, se encendió en mí un sueño que, con el tiempo, entendí que era el mayor de todos: alcanzar la sabiduría. No la sabiduría como adorno espiritual, sino como forma de vida, como criterio, como templanza. Aquellos maestros shaolin de la ficción despertaron en mí una pregunta que nunca dejó de acompañarme: ¿cómo se vive con lucidez?
En la adolescencia, ese impulso encontró un interlocutor decisivo: Faustino Mascotti, acuariano, mi mejor amigo de entonces. Con él nos debatíamos en conversaciones que hoy reconozco como el verdadero inicio de mi formación. Eran diálogos largos, intensos, cargados de ansias de conocimiento. Ahí se forjó mi primera disciplina: pensar.
Después vinieron los estudios académicos, el paso por Tribunales, y finalmente mi retiro de ese mundo. Ese retiro abrió la etapa que nunca abandoné: los estudios autodidactas, que practico desde los años 2000 hasta hoy. Fue ahí donde mi búsqueda dejó de ser juvenil y se volvió adulta.
En 2017, una partener de vida —la ya fallecida Adriana Herrero— me habló por primera vez de los septenios. Teníamos la misma edad y estábamos por ingresar al octavo. Ese concepto psicosocial me dio una estructura temporal para comprender algo que ya venía sintiendo: que cada etapa de la vida tiene una fuerza propia, una tarea, un modo.
La maestría comenzó cuando me mudé a Villa María, junto a mi tercera mujer. Ella fue, sin saberlo, la discípula más desafiante del septenio anterior. Y no fue la única: a lo largo de esos años, varias personas me reconocieron como maestro de la vida. Yo no lo busqué; simplemente enseñé por presencia, por estilo, por todos mis poros.
Hoy, al borde de mi cumpleaños y del ingreso al Noveno Septenio, siento que se cumple el sueño mayor de mi vida: la consagración como sabio. No como título, no como rol, no como identidad. Como estado de suficiencia. Como modo de estar en el mundo.
Hace tiempo vengo anticipando que esta etapa estaría marcada más por el silencio que por la palabra. Y así ha sido: mi estilo se depuró, se volvió mínimo, esencial. La filosofía minimalista dejó de ser estética para convertirse en criterio vital.
Al ingresar a la sabiduría, ya no me quedan muchos sueños por cumplir. Lo que deseo ahora es simple: suficiencia, estabilidad, templanza y contemplación de La Obra, más que su hechura. No necesito producir tanto como antes; necesito ver, comprender, ordenar, cerrar.
Avanzar es la cuestión
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