Desde el 18 de febrero vengo esperando que el venezolano —a quien inicialmente había elegido por su aparente disponibilidad— me otorgue un turno para ingresar la Taunus a diagnóstico. Lo contacté por escrito, por audio y por llamada. La secuencia fue siempre la misma: evasivas, demoras, silencios y una morosidad que se volvió estructural.
No se trata de un enojo personal. Se trata de una lectura civil del vínculo operativo.
1. La morosidad como señal estructural
Cuando un proveedor evita responder, posterga sin explicación o diluye el compromiso inicial, no estamos ante un simple retraso. Estamos ante un clima:
falta de responsabilidad,
ausencia de reciprocidad mínima,
y un desorden que, si uno lo acepta, termina trasladándose al propio sistema.
2. El límite como acto de cuidado propio
3. La adultez como filtro mecánico
En cuestiones materiales —y más aún en un vehículo que forma parte de mi historia y mi patrimonio afectivo— no puedo permitir que la morosidad ajena marque el ritmo.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario